FRENTE A LA BARBARIE CAPITALISTA LUCHEMOS POR QUE LA CLASE TRABAJADORA CONSTRUYA UNA ALTERNATIVA SOCIALISTA EN LA QUE DECIDA TODO
*Por Fernando Vilardo y Luis Zamora, integrantes de Autodeterminación y Libertad
Un misil norteamericano impacta de lleno en una escuela primaria en Minab, Irán. Son asesinadas unas 170 personas, más de 100 niñas.
Detrás de esa y otras tantas masacres están no solo las bombas imperiales de Trump, sino también Palantir, la empresa del tecno-fascista y multimillonario Peter Thiel, que con su sistema de Inteligencia Artificial selecciona los “objetivos” de los misiles que caerán en la cabeza de chicos, chicas, familias y pueblos enteros que serán masacrados. Tal como ocurre actualmente con las decenas de miles de gazatíes asesinados a manos del sionismo.
Trump y Netanyahu son los rostros más visibles de un capitalismo que, en su crisis, profundiza la barbarie. Y Thiel, junto a su socio Alexander Karp, no solo reconocen que capitalismo y democracia son incompatibles, sino que, con toda la prepotencia del poder económico y comunicacional, expresan y promueven abiertamente sus aspiraciones de avanzar en proyectos cada vez más autoritarios. Por eso, para seguir garantizando las ganancias capitalistas, sostienen que se necesita menos democracia. Su objetivo: que la dirigencia política y los gobiernos del mundo profundicen caminos cada vez más reaccionarios y autoritarios donde las elites empresariales tecnológicas y sus líderes se reserven para sí las principales decisiones para el funcionamiento social.
Para eso Thiel financia campañas como la de Trump, o viene a la Argentina a reunirse tanto con Milei como con Macri (pensando en un futuro recambio). El proyecto que promueve, junto a otros tecnomagnates, es de guerras, armamentismo, empoderamiento de los servicios de inteligencia y controles represivos sobre los pueblos y sus organizaciones. Y todo ese proyecto está pensado para garantizar y profundizar aún más la explotación y el saqueo de este mundo para pocos.
Capitalismo en crisis, disputas imperialistas y proyectos autoritarios
Proyectos como los de Thiel se enmarcan en un contexto brutal de crisis del capitalismo. Tiempos de lucha voraz por los mercados. Tiempos de disputas comerciales y tecnológicas que se profundizan, y en los que las potencias imperialistas promueven cada vez más guerras y desarrollo armamentístico como solución. A la cabeza de todo esto se encuentra EE.UU. que, desafiado crecientemente por el ascenso de China, profundiza su decadencia y hegemonía mundial tal como quedó expuesto con la reciente e impactante derrota (junto a su socio Israel) en la guerra que desataron contra Irán. Esa decadencia es nafta al fuego para un sistema cada vez más proclive al caos, con instituciones capitalistas globales (con la ONU a la cabeza) paralizadas e impotentes para establecer cualquier tipo de orden. Instituciones previstas para una época de capitalismo en ascenso, y no para una etapa de profunda crisis como en la actualidad. Un sistema en el que hasta sus propias normas son desconocidas y violadas cada vez con mayor frecuencia. Es este desorden global, originado en un poder político y económico dominante con sus permanentes disputas, lo que está llevando al mundo hacia un verdadero abismo.
Ante esta barbarie capitalista, algunos partidos y gobiernos en el mundo proponen como salida una “reforma” del capitalismo y sus instituciones, “humanizándolo” con parches y medidas coyunturales, o con propuestas de apoyo al “menos malo” (¡una y otra vez!). Ese camino nos lleva a callejones sin salida que terminan en proyectos cada vez más reaccionarios. Pero la propia existencia de estos proyectos reformistas, aún con todas las limitaciones que implica una política que despierta expectativas en “humanizar” lo que no puede ser humanizado, es uno de los aspectos (no el único) que evidencian que no hay pura “derechización”, como sostienen algunos, sino polarización. Es inocultable que existen enormes sectores democráticos que se oponen hoy al autoritarismo. El gran problema es que al no ver un proyecto de mundo alternativo por el que luchar y construir, esa resistencia se encuentra contenida dentro de los límites del “posibilismo” y canalizada en favor de respaldar lo que hay (el “mal menor” que promueve la dirigencia política tradicional).
Frente a todo esto, el gran desafío de estos tiempos es contraponer ese mundo de las clases dominantes, donde unos pocos sustituyen las decisiones de muchos, por otro claramente antagónico. Los que peleamos desde una perspectiva anticapitalista y socialista vemos la necesidad de aportar a que la clase trabajadora en sus luchas construya espacios plenamente democráticos donde sea la propia clase la que tome en sus manos todas las decisiones, sin liderazgos ni dirigencias ni elites de ningún tipo que se postulen para hacerlo. Al contrario del interés de la ganancia de una minoría empresaria que propone instituciones cada vez más autoritarias para garantizarla, la construcción de sociedades basadas en las necesidades de las mayorías exige ámbitos de democracia plena y directa donde esas mayorías trabajadoras rechacen ser dirigidas y dirijan todo por sí mismas. El socialismo sólo será resultado de ese proceso de autoorganización y autoemancipación. Y la construcción de un partido que se ponga al servicio de la clase y sirva como instrumento para que luche y se autodirija barriendo a sus actuales direcciones se vuelve fundamental.
Las luchas en el mundo y en Argentina
En distintas partes del mundo, los pueblos con sus luchas nos muestran que es posible otro camino al de la violencia capitalista. Es el ejemplo que están dando las potentes movilizaciones en apoyo al pueblo palestino, las grandes marchas autoconvocadas en Minneapolis contra la violencia represiva de la policía migratoria del ICE de Trump, algunos importantes conflictos obreros como el que se dio en Portugal contra la reforma laboral, el de los trabajadores belgas o los de la clase obrera italiana y sus paros generales denunciando el genocidio israelí o la resistencia del pueblo chileno contra el gobierno derechista de Kast. Y también la impresionante rebelión del pueblo boliviano enfrentando las políticas de ajuste y represión del gobierno del presidente Paz. Una pelea llevada adelante desde abajo, autoorganizándose y promoviendo Cabildos Abiertos para discutir y decidir en forma asamblearia las medidas de fuerza que necesita. Una lucha heroica que podría ser mucho más potente si no fuera por la enorme traición de la burocracia sindical de la COB, que no solo nunca convocó a la huelga general como lo venía exigiendo el pueblo movilizado, sino que terminó transando una futura salida negociada con Paz, sin nada concreto y permitiéndole que pueda declarar el estado de excepción y avanzar así con medidas aún más represivas, mostrando una vez más la necesidad de derrotar desde abajo a las direcciones burocráticas y traidoras.
Todas esas luchas, y otras que se están dando en el mundo, sirven de apoyo para potenciar las nuestras. Por eso es tan importante poder vincularlas, sobre todo aquellas que se están dando en la región. Venimos de dos años y medio de un gobierno que, de la mano del FMI, ha aplicado un programa brutal de ajuste, saqueo y represión al conjunto del pueblo. Sus consecuencias resultan dramáticamente evidentes. La “Ley Bases”, los RIGI, desprotección de glaciares, hidrovía, privatizaciones, reforma laboral para garantizar mayor explotación obrera, ataque a lxs jubiladxs, a la discapacidad, a las universidades, y al conjunto del pueblo en general, que (sobre)vive de un ingreso. Todo con la enorme traición de la CGT. Mientras tanto el PJ, sin ningún proyecto alternativo para proponerle al pueblo, ha sido también cómplice y dejado correr el salvaje ajuste mileísta.
El rol de la clase trabajadora y el de la izquierda en la construcción de un proyecto alternativo
Las consecuencias de esa complicidad se empiezan a notar en el creciente interés con el que un sector de la población empieza a ver y escuchar a las fuerzas de izquierda, a las que reconoce participando de luchas y con propuestas de cambios de fondo como romper con el FMI y el imperialismo, dejar de pagar la estafa de la Deuda Externa, impedir el saqueo a manos de las grandes multinacionales energéticas y extractivistas, y reordenar toda la economía en función de las necesidades populares y no de las ganancias empresarias (más allá de que ese creciente interés no implique apoyar la totalidad de su programa).
Las encuestas empiezan a marcar que la simpatía hacia la izquierda, y en particular hacia la compañera Myriam Bregman, está creciendo. Un dato muy valioso de la realidad porque ubica a la izquierda en un lugar de mayor respeto y escucha, con amplias posibilidades para difundir sus ideas y posiciones de cambios de fondo. Sin embargo, no puede subestimarse la fuerte presión electoral que cruza esa “simpatía”. Hay que tener presente que todas las fuerzas políticas y empresas mediáticas todos los días aleccionan al pueblo respecto de que los cambios solo se hacen electoralmente. Y eso tiene un peso enorme, incluso a pesar de la crisis de representación actual. Aportar a contrarrestar esa presión es fundamental. La izquierda debe refutar una y otra vez aquellas falsas ilusiones electoralistas y poner de relieve el rol de sujeto de decisión y transformación que tiene potencialmente la clase trabajadora. Su ubicación actual y sus amplias posibilidades de difusión, en comparación con otros momentos, implican una gran oportunidad (y también una obligación) para plantear centralmente que los cambios no se hacen ni en los cuartos oscuros, ni en los pasillos judiciales, ni en recintos o comisiones parlamentarias, con más o menos votos, más o menos recursos de amparo o más o menos bancas. Todo eso puede ser útil, pero es menor si no está al servicio de la movilización y siempre que se denuncien todos esos caminos institucionales para desalentar las expectativas que puedan ponerse en ellos. Es decir, aportar a que se vea que los cambios de fondo y estructurales se llevan a cabo con luchas, con autoorganización, con la toma colectiva de decisiones sobre todas las tareas planteadas y, en ellas, con el necesario avance en la conciencia. La lucha electoral, con su valor específico, es apenas un complemento secundario y a debatir cuando llegue el momento para no caer en las maniobras del régimen.
Alrededor de ese crecimiento que en el último tiempo ha tenido la izquierda en las encuestas, fue surgiendo un debate sobre las oportunidades que se abren para las corrientes revolucionarias. Creemos que ese debate tiene que girar sobre un objetivo prioritario: cómo aportar para que la clase obrera asuma todo el protagonismo en la lucha por construir una sociedad alternativa al capitalismo. Los partidos y agrupaciones políticas revolucionarias tienen un gran valor siempre y cuando se pongan al servicio de esa tarea; o sea, que sean un instrumento de la clase ayudando a que esta se autoorganice, a que avance en la coordinación desde abajo de sus luchas, y que desde allí pueda barrer por completo a sus direcciones burocráticas. Y así lograr que la propia clase trabajadora pueda ver el enorme poder que tiene para cambiarlo todo de raíz.
Una clase que en estos tiempos sin duda debe dar respuesta al gran desafío que implica su fragmentación y precarización, pero que al mismo tiempo cuenta no solo con la potencia que le ha aportado la creciente presencia de las mujeres en sus filas y su protagonismo en las luchas, sino fundamentalmente con ese poder que emana de su propia ubicación estratégica y estructural: el poder de paralizar toda la economía capitalista si decide hacerlo, y desde ahí ganar al conjunto del pueblo en general. En sus manos están los grandes resortes económicos: bancos, empresas energéticas, transportes, comunicaciones y todas las actividades esenciales para la vida. Por eso el potencial que tiene la clase trabajadora en sus manos es enorme si lucha y se autoorganiza desde los lugares de trabajo, fábricas, escuelas, hospitales, empresas, lugares de estudio, para desde allí unir, coordinar y construir sus propias organizaciones de decisión y poder. Un camino de lucha imprescindible para que la propia clase logre avanzar en su conciencia, y superar el rol de ciudadano votante individual que le asigna la democracia representativa, para empezar a construir y desarrollar sus propias instituciones, donde decida todo directamente.
Este enorme potencial es el que le oculta la dirigencia política y sindical, impidiendo que se desarrolle. Precisamente, ayudar en el terreno vivo de la lucha a que la clase combata el enorme obstáculo que representan sus conducciones burocráticas, es la tarea principal de las fuerzas de izquierda, y todo lugar de difusión y propaganda tiene que usarse en función de eso: combatir la cultura electoral, denunciar constantemente al régimen y sus instituciones de gobierno, y poner en el centro de todas sus intervenciones mediáticas a la clase trabajadora y al pueblo para que tome en sus manos la lucha por su propia autoemancipación. Apoyándose para ello en los potentes ejemplos de lucha que también acá se están dando como el del Garrahan, que con sus métodos asamblearios de decisión le muestra el camino al conjunto de las y los trabajadores (plantear una y otra vez “hagamos como el Garrahan”); o el del NiUnaMenos, que muestra la fuerza de un movimiento desde abajo que claramente no depende de dirigentes ni partidos, y posiblemente sea la rebelión popular más importante de los últimos diez años.
Creemos que la autorreferencia que suele tener la izquierda (hablando centralmente de su rol en las luchas o su rol en el Congreso) puede justamente alejarla de este principal objetivo que debería tener toda propaganda revolucionaria: que la clase trabajadora crea en sus propias fuerzas y en el rol insustituible que tiene para las tareas de lucha por una alternativa anticapitalista. Y eso implica, desde nuestro punto de vista, que la clase trabajadora y el pueblo se autodirija. Que asuma todo el protagonismo y que pelee construyendo sus propios organismos de participación, plenamente democráticos, para que desde ahí pueda tomar en sus manos todas las decisiones centralizadamente, al servicio de sus propios intereses, sin dirigentes ni liderazgos. Con este objetivo en el horizonte, un partido puede aportar muchísimo, sobre todo cuando ha conquistado amplias posibilidades de difusión.
